A veces pasan siglos entre dos amaneceres

¿En dónde está la salvación? ¿Lo sabes? ¿Vuela, corre, descansa, es árbol, nube? ¿Se la coge a puñados, como al mar, o cae sobre nosotros en el sueño sin despertar ya más, igual que muerte? ¿Nos salvaremos?

viernes, abril 22, 2005

El tiempo de la esperanza

Hoy estoy locuaz (que dure). He aquí un texto autobiográfico mío que escribí hace 2 o 3 años para un informe sobre el grupo musical Los Desechables. Lo debería publicar relativamente pronto un fanzine gallego, pero la edición del mismo se está demorando. Me quedó con corazón, como debe ser.

EL TIEMPO DE LA ESPERANZA

"Compañeros de sueño, es junto a vosotros que imagino una existencia satisfactoria". (Jacques Rigaut)

Yo fui un seguidor de los Desechables a mediados de la década de los ochenta, entre 1984 y 1986, es decir, durante el período de su carrera en el que fueron editados los álbumes en directo "Golpe Tras Golpe" (1984) y "Buen Ser-Vicio" (1985). Compartí mi devoción por el grupo con dos amigos: E.V. y E.W.

Al primero le conocí, de niño, en la escuela, y pronto desarrollamos juntos nuestro interés por la música, la literatura y las niñas dulces (el orden no indica preferencia). El padre de E.V. tenía un elepé del intérprete mejicano Enrique Guzmán, muy de su gusto, que adquirió a comienzos de los años sesenta. También en aquella época se hizo con un disco de la banda de R&R en la que Guzmán había militado, los Teen Tops, pero tras escucharlo, vio que no había hecho la compra adecuada. Al padre de E.V. no le decían nada ni las piernas flacas de Popotitos, ni la fiesta que los presos organizaban en la prisión, amenizada por una orquesta fabulosa, ni el hombre que puso el Bomp e hizo amar a la novia del vocalista, ni la escalera que Guzmán tenía que utilizar para besar a una "Rascacielos" que medía más de dos metros. A E.V. y a mí, en cambio, todo aquello nos parecía un universo fascinante, hecho a nuestra medida. Escuchábamos continuamente el álbum de los Teen Tops, que no había sonado en la casa de mi amigo durante mucho tiempo.

E.V. y yo acabamos estudiando en institutos diferentes, pero seguimos viéndonos de modo regular. Durante el llamado segundo de BUP, me presentó a un compañero de clase suyo, E.W., con el que comenzamos a hacer el ganso, que es lo que uno hace a los 16 años. En nuestro caso, eso significaba, entre otras cosas, asistir a ciclos cinematográficos sobre el movimiento obrero, escribir poemas sobre adolescentes que, lamentablemente, no llegaron a acariciarnos, editar una publicación de carácter dadaísta a la que pusimos el nombre de "RIP", y, experiencia que vivieron ellos dos, pasar unos pocos días encerrados en una sórdida comisaría por repartir trípticos contra el servicio militar en plena calle (todavía no gobernaba España la socialdemocracia cuyos ministros escucharon con agrado a Alaska Y Los Pegamoides).

Unos años más tarde, durante la era en la que descubrimos la música de los Desechables, cuando ya cursábamos estudios universitarios, nuestra vida consistía en beber, ver mucho cine clásico en la Filmoteca catalana, seguir bebiendo, escuchar muchos discos, beber un poco más, leer muchos libros de autores en permanente conflicto con un mundo cruel, no dejar de beber, etc. También dedicábamos nuestro tiempo a la realización de un programa de radio humorístico en el que intervenían promotores culturales que organizaban profanaciones de tumbas de poetas recientemente fallecidos, eran retransmitidas misas de curas que renegaban de Cristo en público y defendían la naturaleza divina de sus hijas, y sonaban rudimentarias grabaciones de atormentados bluesmen: Bukka White, John Lee Hooker, Brownie McGhee, Frankie Lee Sims... Se titulaba "Matem-los A Tots" ("Matémosles A Todos").

En materia de radio, nuestras preferencias se orientaban hacia Radio 3, cuya programación, más que digna entonces, seguíamos asiduamente. Nuestros gustos musicales estaban en consonancia con lo que allí pinchaba Jesús Ordovás, gracias a quien conocimos los discos de grupos como Parálisis Permanente, Loquillo Y Los Trogloditas, Derribos Arias, Gabinete Caligari, etc. Asistíamos a los conciertos que éstos ofrecían en Barcelona, generalmente, en la antigua sala Zeleste de la calle Platería, y, de modo ocasional, en Studio 54. Fue precisamente en la discoteca del Paralelo donde vimos por primera vez en vivo a los Desechables, una noche del verano de 1984, en una velada protagonizada por varias bandas, que formaba parte de una semana de "cultura juvenil alternativa" (el ayuntamiento izquierdista de nuestra ciudad organizaba cosas de este tipo).

Nuestro poderoso vínculo emocional con el trío de Vallirana puede ser descrito como "amor a primera vista" (o "amor a primera escucha"). Su feroz y expeditiva actuación nos impresionó profundamente. La suya era una música pulsional, basada en la apropiación del rockabilly sureño de la década de los cincuenta que habían efectuado los Cramps, e interpretada por un combo de impactante presencia escénica que la vivía en cuerpo y alma. Lo que el grupo ofrecía encima de un escenario resultaba extremadamente creíble. Contrariamente a las formaciones españolas de ese momento que mamaban de, por ejemplo, Joy Division y The Cure, conjuntos creados por hijos de la clase media madrileña con determinadas ambiciones estéticas, los Desechables no se andaban con monsergas. Aquello no pretendía ser arte, qué duda cabe, pero era primitivo, era delictivo, era salvaje, era real.

E.W. adquirió poco tiempo después el primer long play de la banda: "Golpe Tras Golpe". Hambrientos de emociones fuertes, nos empapamos de aquel disco de un modo propio de la primera juventud (los tres teníamos entonces 18 o 19 años). Sentíamos que sus canciones hablaban de cosas que formaban parte de nosotros. Quizás no de lo que objetivamente era nuestra vida de cada día (en cualquier caso, muy alejada de la existencia del hombre de la calle), pero sí de determinadas aspiraciones íntimas que el mundo real, con el que siempre habíamos mantenido un trato problemático, no había logrado aplastar. Y lo hacían como hay que acometer cualquier tarea: con convicción, con entrega, con agallas, con tripa, con ovarios.

Entre mediados de 1984 y finales de 1986, mis amigos y yo presenciamos todos los bolos barceloneses de los Desechables. Vivimos con especial frenesí los dos que tuvieron lugar en Zeleste un fin de semana de enero de 1985. La experiencia resultó, para nosotros, una genuina catarsis liberadora. Disfrutando de un espectáculo sumamente estimulante, que nos hablaba de otra vida posible, en la que uno podría desarrollar libremente las potencialidades de su alma a las que nuestra disparatada cultura ha estado enfrentada siempre (deseo, imaginación), bailamos y chillamos hasta que se nos acabaron las fuerzas y perdimos la voz.

Los lectores de este texto me permitirán que, a continuación, me quite la ropa y, en pelotas, como suele decirse, les hable un poco de E.W., a quien, en el recuerdo, siempre asocio a los Desechables.

E.W. era un gran tipo, una persona bondadosa e hipersensible, como debe ser. Tras el fallecimiento de una abuela suya, a la que se sentía muy unido afectivamente, tuvo que soportar, en pompas fúnebres, junto a su familia, la fría cantinela de un sicario de la Iglesia que no sabía nada del ser que se había marchado. E.W. acabó llamándole "¡cabrón!" allí mismo. Así era mi amigo. El momento de nuestra trayectoria compartida que recuerdo con más cariño es el período en el que decidió abrirme su corazón. E.W. amaba a una persona a la que habían herido en el pasado. Ella se resistía a iniciar una nueva relación de pareja (temía volver a sufrir), y él lo pasaba muy mal porque lo único que deseaba era verla/hacerla feliz. Dedicamos varias noches a hablar del trato que mantenía con aquella chica, a la que, posteriormente, conocí. Cogíamos el coche de mi amigo, comprábamos unas cervezas y, en el rompeolas, frente al mar, o en la montaña de Montjuïc, contemplando las luces del puerto de Barcelona, E.W. y yo charlábamos durante horas sobre lo divino y lo humano, sobre lo que queríamos hacer con nuestras vidas, que esperábamos que el amor cambiara para bien.

Tener un buen amigo a los 20 años, cuando andamos desorientados y confundidos, es una experiencia emocionante, algo parecido a una dulce bendición. Quienes han pasado por ella conocen el acusado contraste que hay entre, por un lado, sentirnos solitos en un entorno hostil y sin piedad, y, por el otro, poder contar con una persona atenta y comprensiva, dispuesta a apoyarnos incondicionalmente en las peores circunstancias. Resulta deprimente constatar que las relaciones que unen a muchos seres son, al fin y al cabo, trato interesado. Que las cosas sean así en el mundo de la empresa, aciago motor de nuestra sociedad, entra dentro de lo previsible. Uno, no obstante, no llega a comprender por qué es también un trato interesado el que desarrollan quienes deciden realizar unas vacaciones juntos o quienes comparten una cama. Cuando repaso episodios de mi biografía, me digo que, afortunadamente, he tenido unos cuantos compañeros que me lo han dado todo sin pedir nada a cambio. Uno de ellos ha sido E.W.

En 1987, mis amigos y yo dejamos de seguir la carrera de los Desechables. Diversos motivos contribuyeron a este hecho: un provisional enfriamiento de nuestra relación, la llegada del amor correspondido, nuestro descubrimiento de otro tipo de música, más en sintonía con nuestras nuevas circunstancias personales... En 1989, E.W. y yo vimos al grupo en directo por última vez, en la sala KGB, pero la verdad es que su actuación no nos dijo gran cosa. En aquella época conectábamos básicamente con cantautores de los sesenta y los setenta: Bob Dylan, Phil Ochs, Neil Young, Nick Drake, Tom Waits... A ello hay que añadir que la banda se había alejado de su sonido característico, perdiendo en el camino lo que, para nosotros, la había convertido en una formación sin rival en lo suyo cinco años antes.

Los lectores de estas páginas quizás se preguntarán si he conservado el trato con E.V. y E.W. Quedo muy de vez en cuando con E.V. Es profesor de instituto y tiene dos hijos. El R&R no pinta nada en su vida de adulto, pero seguimos compartiendo lo esencial: una visión de las cosas, una escala de valores. Ahora, como yo, lee a místicos musulmanes de la Edad Media, entre ellos, Ibn-el-Arabi, de los que obtiene sabias enseñanzas sobre los gozosos caminos del amor.

Hace más de 14 años que no hablo con E.W. Le echo mucho de menos. Ya pasan cosas así, y es triste que sucedan. Con el tiempo, inevitablemente, perdemos a algunas personas, lo cual puede resultar una experiencia bastante complicada si tendimos a coger cariño a los demás y ese afecto es duradero. Otros seres entran en nuestra vida, y, con ellos, intentamos llenar el vacío que han dejado los ausentes. Es éste un proceso parecido a la muerte y el renacimiento, y hay que ser fuerte para, dentro de lo posible, poder superar determinados avatares. De todos modos, siempre recuerdo a E.W. como lo que fue en su momento: mi mejor amigo. En mi corazón, me acompaña cada vez que pincho en casa la música primitiva, delictiva, salvaje, real, que escuchábamos juntos: Howlin' Wolf, Screamin' Jay Hawkins, Elvis Presley, Jerry Lee Lewis, The Velvet Underground, Gun Club, Nick Cave & The Bad Seeds, los Desechables... Suena ahora la tremenda "El Caso Del Hombre Serio Y Formal", nuestra pieza preferida del grupo, y es como si le tuviera a mi lado, bailando, gritando conmigo a un mundo insensato y atroz que se olvide de nosotros, que no va a pillarnos, que vamos a salirnos con la nuestra, que sí, que muy pronto se materializará aquello largamente esperado, que nuestro destino es vivir una existencia que merece ser vivida, tan intensa y excitante como esta canción.