Acaríciame, acaríciame
REDONDEZ
Acariciar el hombro,
acariciar la ola,
acariciar la nube,
acariciar la roca.
La mano con la luz
sobre el alma con forma.
Mediodía del tacto,
eternidad redonda.
Juan Ramón Jiménez, del libro "La Estación Total" (1923-1936)
Sigo con Juan Ramón. Del poema que habéis leído, me parece sublime la imagen que emplea para hacer referencia al acto de acariciar: la mano que tiene la luz (que es la luz del amor; la "única luz del mundo", como escribió con lucidez conmovedora Luis Cernuda) sobre la forma de una alma (que eso es un cuerpo).
Creo que si tenemos la disposición y el valor de mirar a una persona a los ojos, viéndola desnuda, lo que encontraremos dentro de ella son sus espontáneas aspiraciones íntimas (habitualmente contrariadas en el tiempo) y la herida interior que la imposibilidad del desarrollo no coartado de lo que uno es genera. Cuando acariciamos amorosamente a ese ser no sólo estamos acariciando su carne. Es muy grata para el tacto la experiencia de acariciar, pero más grato es para el corazón entrar en tierno contacto con lo que hay en la otra persona, cuyas aspiraciones (el vuelo libre del espíritu, su ascensión trascendente por encima de lo pobre, lo culturalmente condicionado y lo mezquino, por encima de la soledad y el rechazo) compartimos y cuyas heridas del alma curamos, siempre con amor. Todo esto pueden hacer nuestras manos. ¿Hay algo más dulce que acariciar y ser acariciado?

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