Are you there? Do you care? Are you there? (cuando yo tenía 13-14 años...) (primera parte)
Puede que resulte un tanto inverosímil, pero a esa tierna edad, uno de mis discos preferidos era un álbum de una cantautora (lesbiana, además): el "Between The Lines" de Janis Ian. Creo que, tratándose de un chico, tiene su considerable mérito. Reconozco sin asomo de orgullo que, en aquel período de mi vida, solía jugar al fútbol en la calle y, para más inri (perdonadme, amigas), seguía la actualidad deportiva (había caído en las redes de José María García y sus furibundos ataques a "Pablo, Pablito, Pablete" Porta). Ya lo señalan: nadie es perfecto. En cualquier caso, de todo ello me redimían mis noches de desazón adolescente.A partir de las 9, escuchaba a diario el programa musical de uno de los locutores radiofónicos catalanes que me marcaron a finales de la década de los 70: Luis Segarra. A él le debo, entre otras cosas, mi devoción teenager por el "Born To Run" de Bruce Springsteen y muchas lágrimas derramadas mientras sonaba en su espacio el elepé de Janis Ian antes mencionado. No entendía entonces las letras en inglés de canciones como "At Seventeen", "In The Winter", "Light A Light" o "Lover's Lullaby" (que tan soberbias me parecen hoy), pero me veía reflejado en las vivencias que yo detectaba en aquella música conmovedora: ser rechazado por los demás, sentirse abandonado y solo, desear amar y ser amado...
Siempre me aterrorizó el mundo real, el inevitable destino de casi todos los humanos. En 1978-1979, cuando ya faltaba poco tiempo para que abandonara el útero cálido que fue en mi caso la escuela de EGB "Escola Barrufet" (en castellano, "Escuela Pitufo"; "en mi ciudad no quiero más peleas / les dijo, esto es Pitufo Ville / si no queréis hacerlo por las buenas / conoceréis al sheriff Pitufín"), me atormentaba la perspectiva de tener que formar parte del universo del sometimiento, la humillación, la existencia disminuida y mortecina, la hipocresía y la mentira generalizadas... Intuía que allí yo iba a ser muy desdichado. Como siempre, pasé por ello en silencio. Nadie supo de mi angustia. Aunque ésta tuvo su plasmación literaria en un cuento mío sobre un suicida, muy remarcable para ser algo redactado con sólo 13 años, titulado "L'Esperança Mai No Es Perd" ("La Esperanza Nunca Se Pierde"), y en un poema en el que mencionaba que determinado día (la última noche del viaje que puso fin a mi octavo de básica) me había apartado de los demás y, escondido en un WC, había roto a llorar desconsoladamente.
Presenté el cuento al concurso literario de mi escuela, pero no recibió premio alguno. Una niña del correspondiente jurado incluso me comentó que le había parecido un horror. No lo era. Años más tarde, en 1989 o 1990, en una cena de antiguos alumnos, uno de mis ex-compañeros de clase me dijo que ese texto era muy bueno. Lo escribí en catalán y acabó figurando en la revista literaria de la escuela. Puede que un día os lo enseñe aquí. Ya aparecía en él, de un modo muy evidente, lo que ha sido una constante en mi existencia: la fe en la posibilidad de la salvación mediante el trato íntimo con una mujer (aunque no cualquier mujer; determinado tipo de mujer). Por supuesto, estaba muy necesitado de un vínculo de esa naturaleza, que, ya entonces, no confundía para nada con la relación anecdótica de dos personas (en este caso, dos adolescentes) presidida por la sexualidad en sus formas socialmente más condicionadas (a esa edad, y para los machitos, el asunto consistiría en "meter mano" y correr a contarlo a todo el mundo).
En mi curso había algunas niñas muy especiales; como en mi caso, de familias completamente alejadas de lo que es habitual. De dos, de manera sucesiva, no a la vez, me enamoré: M.L. y J.C. Curiosamente, con las dos llegué a tener trato ya de adulto. A M.L. la vi bastante durante un tiempo en 1994-1995 y desarrollé una amistad con J.C. entre 1994 y 1998. Ahora mismo no sé nada de estas dos personas, pero echo de menos mis encuentros con J.C., ya que es una mujer realmente maravillosa (pasar una tarde con ella no tiene igual). Pronto escribiré en este blog sobre Judith con más detenimiento. Lo merece.
Si alguien leyera hoy mis numerosos cuentos y poemas de 1978-1979, diría que yo era entonces un crío con una vida propia muy rica, extremadamente creativo, con mucha curiosidad por todo y enormes ganas de desarrollar lo que llevaba dentro. No era para nada un chaval de encefalograma plano al que sólo interesan asuntos mundanos (el primero, cómo no, su estatus público de Don Juan). Pero eso sí, me costaba muchísimo expresar adecuadamente mi necesidad de afecto. Seguro que amigos con los que me relacioné en aquellos años nunca pensaron que la tenía y que era tan grande.
Mis ingenuas aspiraciones en el terreno de los sentimientos a los 13-14 años pueden ser resumidas en los siguientes términos: escuchar y ser escuchado, tocar y ser tocado. No he cambiado mucho en eso, la verdad. Ya en aquel momento, las chicas me parecían infinitamente más interesantes que los chicos. Por ejemplo, me fascinaba lo que me contaban M.L. y J.C. Mi mayor deseo era conocerlas íntimamente, entrar en su universo interior, que yo imaginaba acogedor y dulce, y pasar allí una temporada, alejado del mundo real, aprendiéndolo todo sobre lo en verdad importante.
(Mañana sigo con esta entrada, benevolentes lectores.)

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