A veces pasan siglos entre dos amaneceres

¿En dónde está la salvación? ¿Lo sabes? ¿Vuela, corre, descansa, es árbol, nube? ¿Se la coge a puñados, como al mar, o cae sobre nosotros en el sueño sin despertar ya más, igual que muerte? ¿Nos salvaremos?

domingo, junio 19, 2005

Hágase el silencio (motivos de peso)

Periódicamente, durante mis lúcidos arrebatos en los que me propongo abandonar un montón de tareas que ya sólo son para mí una carga y una fuente de conflicto interno y malestar, me digo que debo poner fin a mi faceta de persona que escribe sobre música. Tres son las causas que me llevarían a tomar esta decisión siempre pospuesta:

1) Que, globalmente, la música, mainstream o underground, da igual, ha acabado convertida en un entretenimiento sin trascendencia, una sórdida expresión más del mundo real. En otros tiempos, por ejemplo, el R&R fue el refugio de los libres y los diferentes, de quienes deseaban hacer de sus vidas algo opuesto a lo convencional. Hoy, claro está, ya no es nada de eso. De modo contrario, es un deprimente ámbito de sujetos que van de lo gris a lo odioso, con los que, en escala de valores y planteamientos existenciales, no tengo nada en común. Nos digan lo que nos digan, la musiquita y todo lo que la rodea es un apestoso circo "de derechas" al servicio de la legitimación de lo que hay, y, como tal, una realidad a desenmascarar y combatir.

2) Mi radical desacuerdo ideológico con las líneas editoriales de las publicaciones musicales españolas. Siempre he concebido mi pasional relación con el arte que me ha sacudido interiormente y me ha abierto puertas como una manera de decir "no" a todo lo que nos señalan como nuestro supuesto destino inevitable. En mi corazón, R&R y mundo real siempre han ido en direcciones divergentes. Me resulta imposible sintonizar en lo importante con la inmensa mayoría de cosas que uno puede leer en la prensa especializada de nuestro país (de hecho, generan en mí un completo rechazo), y siento que, trabajando para ella, estoy diciendo "sí" a lo que tradicionalmente he detestado. Que asientan otros (hay tantos dispuestos a hacerlo...), que yo no trago con esta historia y mi aprobación no la van a obtener.

3) El nulo interés que, objetivamente, tiene para los demás lo que yo escribo. No lo digo con vanidad, porque me falta amor propio, pero creo que, a veces, los textos que he firmado han destacado por salirse de la norma, de lo manido, en materia de crítica estética, por aportar algo propio, inusual, vivido (también por un determinado nivel de conocimiento de la música comentada). Lo que sucede es que el comprador de prensa musical no pide estas cosas a una revista. Espera encontrar allí aquello para lo que yo no estoy dotado y no sirvo: el seguimiento de la actualidad (a la que dejé de prestar atención hace 16 años), abordado de un modo enteramente insustancial. En España, la crítica musical es, en términos generales y con algunas excepciones, un mortecino magma homogéneo caracterizado por la más absoluta banalidad: páginas y más páginas estériles e inútiles, redactadas por aspirantes a-no-sé-qué, metidos de cuatro patas en el aberrante universo de los opiáceos culturales administrados sin pausa a los humanos, incapaces de dejar un asomo de poso significativo en aquél que las lee.

Lo importante no es la música (si ahora éste actúa en un festival al que toca asistir para estar al loro y poder alardear de ello, si luego el otro ha grabado nuevas canciones, etc.), ¡es la vida! (cómo la enfocamos, cómo la modificamos, cómo nos apoderamos de ella a nuestro estilo irreductiblemente propio). El arte puede y debe desempeñar un papel decisivo en la existencia, siempre para ampliar sus márgenes, para dotarla de sustantividad y verdad, pero esta necesaria función es la antítesis del empobrecedor lugar que hemos otorgado a la música en nuestros recorridos de irracionales acaparadores de discos y ciegos seguidores de lo que se lleva en determinados entornos (que, observados con un poco de distancia, aparecen ante nuestros ojos como meramente ridículos y risibles).