A veces pasan siglos entre dos amaneceres

¿En dónde está la salvación? ¿Lo sabes? ¿Vuela, corre, descansa, es árbol, nube? ¿Se la coge a puñados, como al mar, o cae sobre nosotros en el sueño sin despertar ya más, igual que muerte? ¿Nos salvaremos?

martes, marzo 21, 2006

De vuelta (aunque todavía no de todo)

Tengo muy abandonado mi pobrecito blog. Algo habrá que hacer al respecto, digo yo. Venga, démosle vida (o lo que sea que quede en mí).

Recuperando algunas ideas que expuse en entradas de "A veces pasan siglos entre dos amaneceres" y desarrollando otras en mi línea radical, redacté, varias semanas atrás, un artículo para el fanzine "FEMPUNK". Acaba de ser editado el número que lo lleva, y, al parecer, este texto mío está gustando bastante. Ya os diré próximamente dónde podéis adquirir la publicación de mis amigas feministas. Esto es lo que firmé allí:

Algunas reflexiones dispersas acerca de la masculinidad imperante que nos ha tocado padecer

A los que, como Pau, no tienen miedo a llorar ante una mujer. Ellos sí son los valientes.

1) Creo que, simplificando, los humanos adoptamos dos actitudes frente a lo que, en los siniestros procesos de socialización, nos es impuesto como nuestra "naturaleza", lo "normal" y lo "deseable", la única realidad plausible, etc.:

a) Asentir incondicionalmente y tragar con lo que nos echen, tolerando que otros hagan con nuestra alma y nuestra existencia lo que les viene en gana (lo cual es, para mí, sinónimo de ablación espiritual y muerte interior, y tiene como resultado nuestra intolerable conversión en serviles y maleables marionetas).

b) Ejercer nuestra soberanía personal, problematizando y poniendo en cuestión las identidades coercitivas propias de nuestra cultura, a la que considero, globalmente, una cultura enferma (N. 1) (lo cual constituye una muestra de fortaleza de carácter, y abre la puerta a una posible vida libre, creada por uno mismo en la compañía de quienes ama, que es la única existencia que me parece digna de ser vivida).

Es la vieja historia de siempre: homogeneización o singularidad, obediencia o potencial desarrollo no coartado, renuncia o afirmación. Una elección que no puede ser ignorada, una disyuntiva ante la que no existe la neutralidad.

Por supuesto, los factores que contribuyen a que la primera sea la posición más extendida entre los humanos, son múltiples y complejos, y pienso que al respecto han aportado mucha luz los autores del llamado "freudomarxismo". No voy a ocuparme de estas variantes determinantes en mi texto de hoy. Lo que me interesa destacar ahora es que la opción "a" acaba siendo lo que, tristemente, sucede más a menudo, y que, haciendo concesiones existenciales completamente innecesarias, nos autocondenamos a lo peor.

2) Tras sumarse al dócil coro social, y asumir una determinada concepción antropológica, determinados valores y determinadas formas de vida, el varón suele pasar a ser lo que podemos denominar, con propiedad, "un gilipollas": el detestable cretino con el que me he visto obligado a relacionar en el mundo real durante toda mi vida, en un trato extremadamente problemático que, con sumo gusto, me hubiese ahorrado, de haber podido hacerlo (de esta interacción sólo obtiene uno experiencias negativas, a menudo traumáticas y generadoras de trastornos).

Al "gilipollas" le describió una vez mi amigo Pau Vidal en los siguientes términos justos: "un sujeto altanero y soez, que, haciendo gala de una vulgaridad sin límites, y respaldado por un entorno irracional y diabólico, castigador de la conciencia, reprime y sofoca calculada y sistemáticamente todo atisbo de sensibilidad, y humilla de manera alevosa a todo aquél que no obedece sus dictámenes".

El sujeto en cuestión tiene dos vocablos preferidos, que emplea una vez sí y otra también en sus conversaciones con los integrantes de su desquiciado clan (no hace falta ser muy despierto para intuir cuáles son): "follar" y "maricón". "Follar" es lo que él hace con las mujeres, criaturas incomprensibles para su atrofiado cerebro de pigmeo, con las que es incapaz de relacionarse de tú a tú y con la verdad por delante, pero sin las que no sabe vivir, ya que su mundana existencia gira principalmente alrededor de lo que hace en el catre con quienes, a sus patológicos ojos, sólo desean ser "bien folladas". "Maricón" es el que no "folla" con mujeres, merecedor de la más cruel de las estigmatizaciones (la inmisericorde crueldad, junto al maquinal acoplamiento de los cuerpos, es la especialidad del machito).

La impostada y chistosa ternura del "gilipollas" (que en ningún caso puede ser confundida con la voluntaria atención a las razonables demandas afectivas de su pareja) es una mera concesión que el varón hace a ella para "tenerla contenta", para que "no dé la puta brasa" y para que esa farsa de relación no corra peligro. Igualmente, y con el objetivo de evitar problemas en casa, el machito, por ejemplo, opta por no quedar con los amigotes (con los que tendería a hablar de coches, motos, deportes, "polvos" y "tías buenas") durante los fines de semana. Lo deprimente del caso es que él dedica un tiempo a la otra persona de manera no deseada. O sea, lo hace, y sólo lo hace, para asegurarse la prolongación de aquellos aspectos de un vínculo convencional de pareja a los que más importancia concede, que básicamente son: la sexualidad en sus formas más grotescamente condicionadas por nuestra cultura de locos -felación, penetración anal, eyaculación facial...- y el ansiado estatus público de persona activa sexualmente que le garantiza ese fantasmal trato.

Una pregunta pertinente a formular aquí sería: ¿cuántos varones viven la afectividad como su destino libremente escogido, como la realización de lo que aspiran a ser? Si amar es dar (que lo es), también podríamos preguntarnos: ¿cuántos varones experimentan el impulso irreprimible de entregarse a la persona con la que duermen, de comprometerse activamente con su felicidad? Y si amar es no quedarse en la superficie y dirigir los ojos hacia lo que hay en el interior, maravillándose ante su belleza (que eso es precisamente lo que hace la mirada amorosa), ¿cuántos varones tienen la voluntad (y sienten la necesidad) de contemplar por dentro, emocionados, a su pareja?

Concebida y vivida como una de las diversas formas posibles de comunicación íntima y gozosa entre dos seres, la sexualidad es, potencialmente, conocimiento íntimo mutuo. La sexualidad puede llegar a ser "el momento de la verdad" (si bien no en el sentido que tantos varones darían a esta expresión; para éstos consistiría en ponerse a prueba a sí mismos como criaturas de portentoso tamaño genital capaces de satisfacer "como es debido" a lo que, en su más que extravagante imaginario pornográfico, es "una perra en celo" (N. 2)): dos personas se desnudan (metafórica y materialmente) y se hablan con todo lo que son. Lo habitual, no obstante, es que los varones se quiten la ropa a las primeras de cambio, pero que, en realidad, sigan vestidos, sin para nada prescindir de la tragicómica máscara que se han colocado en la cara para funcionar y "triunfar" en el fétido estercolero que es la selva social masculina. De hecho, lo único que contemplan las mujeres con las que ellos quieren desarrollar una relación estereotipada y sin vida alguna, cuyo sórdido y nocivo modelo hallan en la pornografía, es precisamente la grotesca máscara a la que permanecen apegados siempre. Con el tiempo, ellos ya son sólo esa máscara: el espantoso rostro perpetuo de la aberración.

3) Ha circulado tradicionalmente entre varones, y con bastante éxito en ese colectivo (incluso entre supuestos "pensadores"; lo que ya resulta verdaderamente incomprensible), una descripción disparatada de lo femenino. Esta versión de los hechos sostiene que las mujeres son, en lo esencial, naturaleza (mero instinto) y sinrazón (desorden psicológico). El varón, según estos señores, sería cultura y sensatez. Cultura sí que es él, por supuesto, pero cultura bárbara, la de siempre, la maldita cultura patriarcal, la que ojalá, por el bien de la humanidad, algún día veamos desaparecer. Sensatez, a la luz de la criminal historia de las sociedades humanas y del hiriente Apocalipsis en el que vivimos instalados, ya vemos que ni lo es hoy ni lo ha sido jamás.

Del mismo modo que la civilización occidental-capitalista tiene muchísimo que aprender de otras civilizaciones, los varones tienen también muchísimo que aprender de las mujeres. De ellas lo tienen que aprender prácticamente todo, diría yo, comenzando por lo más relevante: aprender a escuchar y aprender a amar.

La inmensa mayoría de mujeres se han visto obligadas a sobrevivir en las circunstancias más abominables, en condiciones del todo incalificables. En un contexto tan ferozmente hostil lo que ha logrado sostenerlas en pie han sido los vínculos que han sabido desarrollar entre ellas, generalmente presididos por el amor y la ternura. Eso las ha hecho sabias, y a su sublime sabiduría del corazón debemos aspirar si deseamos que nuestras vidas tengan valor y sentido.

A lo largo del tiempo, "amor" ha sido un palabra en boca de miles de millones de mujeres; dulces heroínas anónimas cuyo atroz padecimiento y cuya balsámica belleza estamos moralmente obligados a tener presentes en todo momento; nuestro gigantesco faro en una era de irracionalidad y muerte. El olvido de su conmovedor ejemplo únicamente puede conducirnos a la completa autodestrucción espiritual, y lo cierto es que, desde hace ya tiempo, nuestro loco mundo, por este y otros motivos, avanza apresuradamente hacia ese espeluznante final.

A veces, puede que ingenuamente, uno piensa que no sería tan complicado que las cosas dejasen de ser lo que son y fueran lo que deberían ser. Quizás sólo bastaría que nos acercásemos a una mujer, la escuchásemos con atención e hiciéramos lo que nos dice. Que callen para siempre los economistas, los juristas, los funcionarios de la fe, los gobernantes, los coroneles... Hemos hecho caso a estos sicarios durante demasiado tiempo, y ya conocemos los frutos de su nefasta labor, su decisiva contribución al despropósito generalizado. Escuchemos a esta mujer, que ella sí tiene cosas importantes que contarnos. Una mujer árabe, por ejemplo. Una mujer que quizás no sabe ni leer ni escribir, porque le han negado ese derecho, pero que, sin duda alguna, con lo que arde en su corazón y con sus palabras verdaderas y consoladoras, puede ella sola, por milagro de amor, iluminarnos a todos.

Esta mujer y muchas otras mujeres son, en verdad, la única esperanza que nos queda. Muy ciegos, muy fuera de sí deben estar tantos y tantos varones, muy podridas deben estar sus almas, para que, en lugar de seguir el conmovedor ejemplo de siglos de ellas, se dediquen a moldearlas a su antojo, a exhibirlas obscenamente como trofeos, a utilizarlas y exprimirlas, a despreciarlas, incluso a martirizarlas. Esos dementes varones no aman la vida, porque amar la vida es amar a una mujer (y ser amado por ella es una tierna bendición).

4) Quienes abominamos del patriarcado y del capitalismo, no sólo debemos trabajar para lograr la justicia y la igualdad reales entre hombres y mujeres, condición necesaria pero no suficiente de un orden social deseable. Hay que ir mucho más allá de eso: al margen de mandatos culturales que hoy nos mutilan y estropean como personas, debemos alumbrar, entre todos y todas, nuevas formas de subjetividad, otros modos de concebirnos y entendernos, superando los criminales arquetipos hoy dominantes (los de los varones, en primer lugar, pero asimismo los modelos de feminidad que, cada vez con mayor violencia, ya a sangre y fuego, va imponiendo la omnipresente lógica patriarcal-capitalista, igualmente dañinos).

Finalmente, el reto genuino, y no quimérico, consiste en ser de otro modo para ser con plenitud; en modificar nuestra propia vida, comenzando por las relaciones que establecemos con nuestros semejantes; en ampliar los márgenes (progresivamente más y más estrechos en el atroz mundo moderno) de la experiencia humana, dotándola de despliegue libre en lo afectivo y lo espiritual; en reducir la distancia que hoy separa lo que somos (seres desgraciados e infelices) de lo que podemos llegar a ser (que es mucho y, aunque, dicho así, suene ridículo a cínicos y descreídos, algo tan hermoso que justifica todos los esfuerzos).

Notas:

(N. 1) Y enferma porque, insensatamente y de modo suicida, ha rechazado lo que puede facilitar el bienestar y la felicidad reales de las personas.

(N. 2) Y cuanto más en celo, mejor. El ideal erótico de los perturbados de la genitalidad pura y dura, es la cómica figura de la "casada insatisfecha" (casada con otro, cómo no), la "madurita viciosa y guarra dispuesta a todo".

http://www.nodo50.org/tortuga/article.php3?id_article=3426